Recuerdos, Iván Molina.

@ivanestupidov

-Allí fui feliz -señalaba con su tembloroso dedo hacia un punto concreto- Y allí. Y allí también.

Hacía años que regresaba a aquel lugar donde algún día fue verdadera pero ingenuamente feliz.

Hacía años que ya nadie le prestaba atención.

Se había convertido en parte del mobiliario urbano, como si de una farola o un banco se tratase. Algún transeúnte molesto por algún aspaviento del anciano, o algún niño extrañado por la triste comicidad de aquel hombre hablándole a nadie se convertían diariamente en el único público de aquella solitaria narración.

Él simplemente se hablaba a sí mismo para no olvidar quién era, aunque hacía ya tiempo que esto se había convertido en una utopía, pues no sabía ni su nombre y nadie más en aquel lugar parecía dispuesto a ayudarle en esta ardua tarea.

Su mirada vacía, en esa cara sin expresión alguna, resultaba tan desgarradora como el llanto más amargo que en algún momento había llegado a derramar en las mismas calles por las que ahora vagaba sin rumbo. Su caminar monótono y desganado solo se interrumpía cuando algún recuerdo le golpeaba la memoria. Entonces miraba hacia la fuente de aquellos recuerdos y se fundía durante unos segundos en ellos.

-Pero sin duda, donde más feliz fui fue aquí – añadía siempre en el último giro que la calle donde nació hacía antes de desembocar en un solar abandonado.

Ese solar fue en su día un bonito jardín donde aquel anciano acostumbraba a pasar tardes y tardes, entre libros y patinetes, entre pelotas y bicicletas. Pero de las majestuosas flores y los imponentes árboles no quedaba más que el recuerdo en la maltratada mente del viejo, que ya solo alcanzaba a rememorar lejanas sensaciones y sentimientos, más que olores, colores o formas.

Hasta ese día.

Era un día húmedo, hacía frío y solo algún despistado que corría de vuelta a casa a refugiarse de la lluvia se cruzó con el anciano en su repetitivo paseo. Era un día más, como cualquier otro, el mismo caminar lento y desgarbado, la misma heladora inexpresividad en su cara. Pero al girar la esquina en la que de niño aprendió a pedalear, todo cambió. Sus ojos recuperaron el color y el brillo de antaño, e incluso esbozó una breve pero firme sonrisa que parecía imposible que volviera a florecer.

Aquel jardín que tantas alegrías le dio de niño había aparecido delante de sus ojos. Los mismos árboles, las flores, el olor a hierba recién cortada mezclándose con recuerdos tan vívidos de su niñez que sentía que volvía a ser aquel chaval que un día fue tan verdadera e ingenuamente feliz, en lugar de la sombra de sí mismo en la que se había convertido.

Se adentró en el jardín y una lágrima empezó a rodar por su mejilla. Ni siquiera recordaba lo que era llorar, pero durante ese último segundo que duró una vida en su cabeza, supo que la felicidad había sido a la vez tan efímera como eterna.

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